jueves, 13 de diciembre de 2018

La hermana Inocencia

                 

                                   
La hermana Inocencia es andaluza, de Cádiz, pero por circunstancias de la vida, vive y trabaja en un pueblo de la provincia de Cáceres impartiendo clases de Religión en el Colegio Público de la localidad. Como buena gaditana, es de carácter alegre y disfruta con la música y el cante, pero es muy estricta en su trato con los niños. Piensa que los niños de ahora están demasiado "sueltos" y hay que volver a "domesticarlos" llevándolos por la senda del Señor.

Su sueldo, como profesora de Religión, es escaso. En parte por esa razón y en parte porque es de por sí bastante tacaña, vive de forma modesta, sin caprichos, en una casita propiedad del obispado y anexa a la iglesia, por la que paga al mes un alquiler simbólico. Le gustaría viajar y ver mundo, algo que no se puede permitir y todo su entretenimiento consiste en tomarse un cafetito de vez en cuando, pero sólo si la invitan.

Una tarde de final de curso, cuando más tarea tenía, llaman a su puerta. Abre y se encuentra con un hombre de aspecto sucio y desaliñado:

-Buenas tardes, hermana. ¿podría darle una limosna a este siervo de Dios que lleva dos días sin comer?

-Pues mire usted, hermano, dinero no puedo darle porque soy muy pobre pero si quiere comida ahora mismo le traigo...

-Gracias hermana, pero lo que yo necesito es un poco de dinero, unas moneditas  para mis gastos personales.

-Cuanto lo siento hermano, pero mi sueldo es escaso y no puedo darle nada. La vida está muy cara.

-Vamos hermana, sólo unas moneditas...

La hermana Inocencia empezaba a estar ya algo cansada  de aquel mendigo que sólo sabía pedir y comenzó a alterarse su ánimo, algo que solamente le ocurría en clase.

-Mire usted, buen hombre, si quiere un trozo de pan y unas croquetas que tengo en el frigorífico, se las doy ahora  mismo. Pero de dinero, ni hablar, no puedo darle...¿quiere el pan y las croquetas?

-Vale hermana, si no hay otra cosa, venga ese pan.

La hermana entra y vuelve con media barra de pan del día anterior y un taper con cuatro croquetas que le sobraron de la cena.
El mendigo las coge pero antes de irse insiste de nuevo:

-Gracias hermana, pero...¿de veras no puede usted darme ni unas moneditas?

Bastante acalorada ya:

-Mire usted buen hombre, ya le he dicho que no, así que haga el favor de marcharse. Coja la bicicleta y váyase que ya tiene para la cena de esta noche...

El mendigo, al oír la palabra bicicleta y ver el brazo de la hermana extendido señalando, giró la cabeza y vio apoyada en la verja de la iglesia una bicicleta totalmente nueva. Sin pensárselo dos veces, dio las gracias de nuevo y como un rayo se fue para la bicicleta, se montó en ella y salió de allí como alma que lleva el diablo.
La hermana respiró  por fin tranquila aunque se extrañó de las prisas con que se había marchado el mendigo.
Cerró la puerta y volvió con sus tareas de final de curso.


No habían pasado ni quince minutos cuando volvió a oír el timbre. Se levantó resignada y fue a abrir temiendo que volviera de nuevo el mendigo. Pero no, era una chica joven y bastante apurada:

-Hermana, perdone que la moleste pero, ¿por casualidad no ha visto usted una bicicleta que dejé aquí apoyada en la verja? Me la regaló ayer mi padre, por mi cumpleaños...

-¡Aaaahhhhh! ¿Una bicicleta dices?

-Sí, hermana. La dejé aquí junto a la verja, sin seguro ni nada porque en el pueblo nunca desaparece nada. Yo es que he estado dando catequesis a los pequeños en la iglesia y...

-¡Aaaahhhh! ¿Pero era tuya la bicicleta?

-Sí hermana, era mía...¿la ha visto?

-Ay hija, cuanto lo siento. Me vas a perdonar pero vino un mendigo muy pesado y pensé que era suya y le dije que la cogiera y se fuera...y se la llevó.

-¡Noooo...! ¿Pero cómo ha hecho usted semejante cosa?

-Ah, hija. ¿Cómo iba yo a saber que la bicicleta era tuya?

Cuando la chica llegó a su casa y se lo contó a su padre, un hombre con  muy malas pulgas, ateo de nacimiento y enemigo acérrimo de curas y monjas, se fue como un cohete al cuartelillo de la guardia civil a denunciar a la hermana.

Al día siguiente, la hermana Inocencia fue llamada a declarar y en su defensa dijo:

-Mire usted, soy inocente. Pensé que la bicicleta era del mendigo. El pobre estaba tan desmejorado, tan desnutrido, que no me lo imaginaba yendo a pie por esas carreteras, de pueblo en pueblo.

Tras un juicio rápido, la hermana fue condenada a pagar los 600 euros que costó la bicicleta con la condición de que si esta aparecía en buen estado, se los devolverían.

Y la hermana Inocencia salió del juzgado de guardia totalmente arrepentida de no haberle dado al mendigo al menos un par de euros. Se hubiera marchado en seguida y no la habría alterado como la alteró con su insistencia.

Por supuesto, la bicicleta no apareció jamás y la hermana Inocencia tuvo que aguantar, además de una vida más sacrificada que antes por la pérdida de los 600 euros, la burla de sus compañeros y hasta de los alumnos. Todos coincidían en que nunca un nombre estuvo mejor puesto que el de esta hermana de origen andaluz.



jueves, 13 de septiembre de 2018

Pétalos



La primavera estaba en todo su esplendor. Ese día se levantó temprano y, embriagado por la calidez y la luminosidad de la mañana, salió al patio y cortó diez rosas rojas del rosal más grande del jardín. Luego, hizo con ellas un ramo y corrió a ofrecérselas a su amada.Pero, cuando llegó hasta ella, las rosas habían perdido por el camino casi todos sus pétalos y tan sólo quedaban entre sus manos los tallos con espinas. Cuando ella vio el extraño ramo, se enfadó, montó en cólera y pataleó.
Él le dijo que no tenía culpa alguna de que las rosas fueran flores tan delicadas, que lo que importaba era la intención. Pero ella no le escuchó y le dijo que se marchara…para siempre.

A él no le quedó otra opción que recorrer el camino de vuelta hasta su casa. Y allá se fue con el ramo de tallos en la mano, caminando por el sendero de pétalos que las rosas se habían ido dejando en la ida.
Y, sin saber muy bien por qué, en ese preciso momento, mientras aspiraba  el delicioso aroma de los pétalos caídos, se sintió el hombre más feliz del mundo...


Ahora, al cabo de los años, cuando sale al jardín en primavera, corta una rosa roja, la huele intensamente y luego va arrancando uno por uno sus pétalos para lanzarlos al aire. Y a cada pétalo que corta lo acompaña con un susurro apenas perceptible donde  cualquier oído fino  podría oír con toda claridad la palabra gracias...

sábado, 24 de marzo de 2018

Esta vez el cartero sólo llamó una vez




                        Fotograma de "El cartero siempre llama dos veces" (1981) con 
                                Jack Nicholson y Jessica Lange como protagonistas.



Al bajar del taxi, la emoción le embargaba y no podía sujetar los latidos de su corazón. Habían pasado dos largos años desde la última vez que estuvo en casa y se moría de ganas de abrazar a su joven esposa. La vida en el ejército había sido muy dura para él. Pero ya acabó todo. Un inoportuno atentado talibán había terminado con su carrera militar y lo había devuelto a la vida civil.

Cuando estuvo ante la puerta, pulsó el timbre con impaciencia.
La puerta se abrió enseguida, no hizo falta volver a llamar.
Y allí, delante de su excitado cuerpo, apareció ella. Radiante, hermosa. Entró. Arrojó su equipaje en cualquier parte y se abrazó a ella con toda la fuerza que había ido acumulando en estos dos años sin verla. Y así, abrazados, y con sus labios sellando los de ella, avanzaron por el pasillo camino del dormitorio.

Pero al llegar a la puerta de la habitación, se paró en seco.
La noche anterior a la partida, allá en Afganistán, les proyectaron la película "El cartero siempre llama dos veces",la de Jack Nicholson y Jessica Lange. Y, aunque ya la había visto antes, volvió a quedar impresionado por la famosa escena de amor sobre la mesa de la cocina. Y recordó que le había dicho al compañero que tenía al lado:

-Lo primero que haré cuando llegue a casa será hacerle el amor a mi chica igual que Nicholson, sobre la mesa de la cocina.

Y hacia allí la empujó sin poder separar sus labios de los de ella que, por cierto, ni tiempo había tenido para decir esta boca es mía.

Entraron en la cocina. Él se separó de ella un segundo y se dirigió a la mesa que estaba llena de platos ,tazas, vasos y cubiertos. De un manotazo, lo arrojó todo al suelo con gran estrépito y, cogiendo de nuevo a su chica por la cintura, la subió a la mesa y la tendió sobre ella todo lo larga que era.
A continuación, y con la rapidez del rayo, se quitó los pantalones y los arrojó a lo más alto del frigorífico tirando al suelo un jarrón de porcelana que se hizo añicos. Acto seguido y de un ágil salto, se encaramó a la mesa aterrizando sobre el cuerpo, algo magullado ya, de su amada. Y entonces ocurrió algo inesperado. La mesa comenzó a crujir. Primero se movió hacia un lado. Luego hacia el otro. Y al final terminó haciendo el mismo ruido que hacen los troncos de los árboles al troncharse por efecto de la sierra. Rotas y desencajadas las patas, la mesa terminó cayendo al suelo de la cocina con un golpe seco y arrastrando con ella a los dos amantes. El gato, capado y sobrado de kilos, que acostumbraba a dormitar bajo la mesa, tuvo el tiempo justo de salir por patas y encaramarse sobre el fregadero desde donde observaba la escena con los ojos como platos sin comprender muy bien qué estaba pasando.

Él, algo frustrado pero aún encima de ella, la miró con atención por primera vez y, en ese mismo momento, palideció y deseó que se lo tragara la tierra...Y como en una película a cámara rápida, volvió a pasar por su cabeza toda la escena del desgraciado atentado que lo había dejado casi ciego y que, según los médicos que lo trataron, le había afectado también al cerebro, sobre todo a la parte donde reside la facultad de la memoria. Desde ese día, tiene lagunas importantes y olvidos imperdonables.

Sólo acertó a decir "perdón" con un hilo de voz apenas perceptible mientras se apartaba de ella para buscar sus pantalones. Mientras tanto ella, con los ojos muy abiertos, lo miraba sin ser capaz de articular palabra.

Mientras se ponía los pantalones lo comprendió todo. Y recordó que un mes atrás su mujer le había escrito una carta diciéndole que se iba a vivir con su madre porque se sentía muy sola en esta casa que habían alquilado nada más casarse. Y fue entonces y solo entonces cuando comprendió que esta ya no era su casa. Y que la mujer que seguía despatarrada en el suelo de la cocina mirándolo incrédula entre trozos de vajilla de porcelana fina y de madera tronchada, no era su mujer sino alguien que no había visto en la vida.

Acababa de ponerse los pantalones cuando sonó un portazo y, a continuación, una voz de hombre que con entusiasmo gritaba:

-¡Cariño, ya estoy en casa...!


                                                                                   Marzo-2013