martes, 15 de marzo de 2022

EL POZO

 




                                                      - I -

Aquel  no era un  pozo corriente, estaba incrustado en una pared.

Al parecer, antiguamente, el pozo estaba situado en el centro del patio de una gran mansión, pero un día,  la finca fue repartida entre dos herederos y, para que ambos disfrutaran del pozo, el muro de separación de las nuevas viviendas se trazó justo por donde éste estaba, quedando así medio brocal para cada vivienda pero un pozo completo para las dos. Ambas viviendas llevaban muchos años desocupadas cuando mis padres alquilaron una de ellas.

Tendría yo por entonces unos siete años. Como no tenía hermanos  con quien jugar, en las tardes de verano me entretenía observando a los pájaros que se posaban en el parral o a las hormigas que, en interminables hileras, viajaban de un extremo al otro del patio transportando sus cargas. Pero mi entretenimiento favorito era el pozo. A él me asomaba durante horas enteras y dejaba volar mi imaginación. A menudo soñaba que una sirena de rubios cabellos surgía de las oscuras aguas y llegaba hasta mí para besarme. Otras veces, imaginaba que el pozo estaba habitado por hadas y por duendes que vivían allí, bajo las negras aguas, y que sólo salían a la superficie en las noches de luna llena.

Cuando me cansaba de imaginar, pasaba a la acción. Y entonces lo que hacía era arrojar a su interior hojas del limonero por ver si flotaban o ramitas y semillas. Pero lo más divertido era echar al pozo hormigas o saltamontes para comprobar si sabían nadar.

Así se  me iban las horas, sobre todo en las largas siestas del caluroso verano.

Un lunes por la tarde de principios de septiembre, recién comenzado el curso escolar, estaba yo coloreando unos dibujos a la sombra del parral cuando me pareció escuchar voces de niños. Era una especie de conversación en voz muy baja, como un murmullo apenas perceptible. Dejé lo que estaba haciendo y me quedé escuchando.

El murmullo dejó de oírse y en seguida pensé que me lo había imaginado. Pero no pasaron ni dos segundos cuando volví a oírlo de nuevo y, esta vez, con mayor claridad. Me asusté porque nunca antes había oído nada semejante en los dos años que llevaba viviendo en esta casa. Y, sobre todo, me asusté porque el murmullo de voces procedía del pozo.

Armándome de valor, me levanté de donde estaba y me fui para el pozo. Con mucha prudencia y, por qué negarlo, con mucho miedo, me fui asomando poco a poco al brocal, con cautela.

Al principio no vi nada, sólo la negra oscuridad. Pero cuando llevaba unos segundos mirando, de repente, en un momento en que el sol salió de detrás de una nube e iluminó el pozo, pude distinguir allá abajo, frente a la imagen reflejada de mi propia cara, otra cara, la de una niña de rubios cabellos. Con un grito, me aparté del pozo. Mi corazón latía a velocidad de vértigo mientras corría a refugiarme en el interior de la vivienda.

Poco a poco me fui calmando a la vez que buscaba una explicación lógica a lo sucedido. Y llegué a la conclusión de que la cara que vi en el fondo, así como las voces que escuché, no podían ser otra cosa que producto de mi calenturienta imaginación. Cuando me tranquilicé con este argumento, volví al pozo. Me asomé de nuevo y, en efecto, esta vez no vi nada, tan solo mi imagen reflejada en el agua. No obstante, esa noche soñé con todo tipo de fantasmas que, saliendo del pozo, poblaban el patio.

Al día siguiente, lo primero que hice al volver del colegio  fue correr hacia el pozo. Me asomé, escudriñé sus aguas y hasta lancé alguna piedra, pero nada. Agucé el oído y tampoco hubo novedad. Resignado desistí y di ya definitivamente por sentado que lo ocurrido el día anterior sólo había sido producto de mi encendida imaginación.

Después de comer, a la hora de la siesta, me senté bajo el parral a hacer los deberes de matemáticas. Siempre los hacía los primeros para quitármelos de encima cuanto antes, nunca me gustaron las matemáticas.

No había pasado de la segunda cuenta de multiplicar cuando, de nuevo, creí escuchar las voces del día anterior. Me quedé petrificado y escuché con todos mis sentidos. Las voces ahora llegaban claras, nítidas. Más claras que las del día anterior y, al igual que entonces, procedían del pozo. Eran voces infantiles, como de niños pequeñas y casi podía entender lo que decían.

Con el corazón encogido, me levanté y me fui para el pozo. Lentamente me asomé y esta vez no tuve duda, allá abajo, en el espejo del agua, había un rostro de niña que me miraba con los ojos muy abiertos y con una sonrisa en los labios. Era la misma niña de ayer, no había duda. De forma impulsiva, me retiré del brocal pero mi curiosidad podía ya más que mi miedo. Volví a asomarme y esta vez no vi una cara, sino dos. Ambas estaban con las cabezas juntas, sus siluetas frente a la mía, mirándome curiosas mientras me sonreían. Eran muy parecidas, casi iguales. No podía dejar de mirarlas.

Sin saber muy bien por qué, me sentí en la necesidad de decir algo.

De mi garganta salió un tímido hola e inmediatamente, las entrañas del pozo me devolvieron mi hola amplificado, tanto que me asusté más aún de lo que ya estaba. Aparte del eco, no obtuve otra respuesta. Pero ellas seguían allí, mirándome fijamente.

Probé de nuevo:

-¡Hola! Me llamo David. ¿Quiénes sois vosotras?

Y, por toda respuesta, sonaron unas risas entre metálicas y chillonas que me dejaron petrificado. A continuación, una mano menuda y blanca se elevó desde el agua y avanzó hacia mí. La veía claramente y sentí que me alcanzaba. Di un salto hacia atrás y me separé del pozo a la vez que  un grito se escapaba de mi garganta. Enseguida acudió mi madre:

-¿Qué pasa David?

-Mamá, hay dos niñas en el pozo…

-¿Cómo?

-Sí, dos niñas iguales que se ríen y me quieren llevar con ellas.

-Ya. Dos niñas, ¿eh?...Tienes una imaginación desbordante, eso es lo que te ocurre a ti. Te prohíbo que vuelvas a asomarte al pozo, ¿me oyes?.

Y cogiéndome de la mano me metió en casa.

Me quedé muy preocupado. Aquello no podía ser producto de mi imaginación solamente, ya había sucedido dos veces. Yo había visto sus caras y había oído sus risas. Eran reales.

A la hora de la cena y, para mi sorpresa, mi madre me dijo:

-¿Sabes David? Por una vez tienes razón. Lo que me contaste esta tarde en el patio resulta que es verdad. La casa de al lado está habitada desde hace dos días por una familia que ha venido de Madrid para vivir aquí, en el pueblo. Es un matrimonio con un hijo pequeño, de tu edad más o menos y lo que viste en el pozo fue su cara reflejada en el agua…

-¿Un niño? ¡Querrás decir dos niñas…!

-No David, no vuelvas a las andadas. Sólo tienen un niño, como nosotros, y ningún hijo ni hija más.

-Pues yo vi a dos niñas…

-Bueno, es posible que el reflejo te engañara al moverse el agua y en vez de uno vieras dos niños, pero de ninguna manera pueden ser niñas porque he estado hablando con ellos y me han dicho que sólo tienen un hijo…

Mi madre dio la conversación por terminada pero yo no me quedé tranquilo, esta vez estaba seguro de lo que había visto y oído.                                

Durante el resto de la semana, apenas me acerqué al pozo. Fue el sábado por la mañana, estando yo leyendo comics en el patio, cuando me pareció escuchar algo parecido al sonido de un objeto que chocaba con el agua. Me levanté y caminé hacia el pozo con preocupación por si aparecía mi madre.

Antes de llegar hasta él volví a escuchar el mismo sonido. Era una especie de “chop”. Me asomé y vi una cabecita reflejada en el agua al tiempo que se oía otro “chop”. Esta vez se trataba de un niño. Era el hijo de los nuevos vecinos, sin duda.

-¡Hola! Soy David, ¿quién eres tú?

-¡Hola! Me llamo Javi y vivo aquí.

-¿Cuándo has llegado?

-Hace una semana, más o menos.

-¿Tienes hermanas…?

-No. Soy solo.

En ese momento oí la voz de su madre que lo llamaba para comer…

-Adiós, me llaman.

-Adiós, Javi.

Me quedé allí un rato más, mirando a lo hondo por ver si había algún rastro de las niñas, pero nada.


                                                  - II -

El trimestre pasó volando y llegaron las vacaciones de Navidad.

En todo ese tiempo, apenas me asomé al pozo y, por supuesto, no volví a tener noticias de mis amigas imaginarias.

Javi, el nuevo vecino, y yo, nos hicimos buenos amigos. Se venía a mi casa y nos pasábamos las tardes jugando. Otras veces, era yo el que iba a la suya.

Una tarde en que había sido invitado por su madre a merendar, ésta nos dijo de improviso:

-No me gusta que os acerquéis al pozo, es peligroso.

-¿Por qué? –pregunté yo con intención.

-Pues porque os podéis caer dentro y ahogaros.

-Eso es imposible. Yo me he asomado a él muchas veces y nunca me he caído –dije.

-Ya. Pero no es imposible. De hecho, ya ocurrió una vez.

-¿Ah, sí? Y, ¿qué pasó? –mi curiosidad se disparó.

-Bueno, aunque es una historia muy triste, os la voy a contar para que no olvidéis nunca lo peligroso que puede llegar a ser el pozo y para que no os acerquéis a él.

Y comenzó su relato. Tanto Javi como yo, nos dispusimos a escucharla con la máxima atención. Sobre todo yo.

-"Esto que os voy a contar ocurrió hace muchos años, cuando mi esposo, el padre de Javi, que también se llama Javier, era un niño como vosotros. Yo me sé la historia porque me la ha contado él. Vivía con sus padres en esta casa que por entonces era mucho más grande que ahora, pues ocupaba lo que es ahora tu casa y la nuestra juntas. El pozo estaba en el medio del patio ya que aún no se había construido la pared de separación de ambas viviendas.

Pues veréis, Javier tenía dos hermanas pequeñas que eran gemelas…"

Al oír lo de las gemelas, tragué saliva y comencé a sentir que me ponía lívido.

"…Una tarde de verano, los padres de Javier tuvieron que ausentarse y lo quedaron a él al cuidado de las gemelas. Pero, al rato de marcharse los padres, llegaron  unos amigos y lo invitaron a jugar un partido de fútbol en la calle. Y, aunque les dijo que no podía salir a jugar  con ellos, al final lo convencieron y dejó a las gemelas solas en el patio. Estuvo jugando un rato y luego se despidió diciendo que no podía estar más tiempo , que tenía que cuidar de sus hermanas. Cuando regresó, las niñas no estaban en el patio. Las llamó preocupado y las buscó por toda la casa sin encontrarlas. Por último, se asomó al pozo temblando de miedo y ahí, flotando en sus negras aguas, estaban las dos. Salió a la calle desesperado a pedir ayuda pero ya era tarde, las gemelas se habían ahogado. Desde ese día y a pesar de que ha pasado mucho tiempo, Javier sigue teniendo pesadillas por la noche y sigue llamándolas a voces mientras duerme…"

La galleta que tenía en la mano se me cayó. Un miedo atroz se apoderó de mí y ya no pude articular palabra. Salí corriendo de allí y llegué a mi casa sofocado. Ahora sabía por fin que mis visiones de aquellos días no habían sido sólo producto de mi imaginación. Que ellas, las gemelas, o mejor, sus espíritus, seguían allí, en el fondo del pozo. Y al sentir la presencia de su hermano en la casa, habían vuelto. Todo encajaba.

Ahora, el que no podía dormir por las noches era yo. Y, sin poder evitarlo, cada noche terminaba en el patio, asomado al pozo donde permanecía hasta bien entrada la madrugada escuchando sus susurros que habían vuelto a oírse claros y nítidos.

Les preguntaba por qué habían vuelto, qué es lo que querían y ellas, entre risas, me susurraban cada noche con sonidos que venían del más allá:

-“Esperamos”

_Y ¿qué esperáis?

-“Es nuestro secreto” “Esperamos”

Y fue una noche muy fría de finales de diciembre, con la luna llena en todo su esplendor cuando, al asomarme al pozo, ya no las vi ni las oí. En su lugar pude distinguir flotando sobre las aguas algo blanco que no logré identificar pero que me causó un gran desasosiego. Volví a la cama, pero esa noche no conseguí dormirme hasta casi la llegada del alba.

Por la mañana, me desperté sobresaltado. Había mucho ruido de voces en la calle. El alboroto venía de la casa de Javi. Gente que entraba y salía y un ruido lejano, lastimoso, como de llanto.

Me levanté y pregunté a mi madre por el motivo de tanto alboroto, sólo para que me confirmara lo que yo ya sospechaba:

-Mamá, ¿qué pasa?

-Una desgracia, hijo. Que el padre de Javi se ha tirado al pozo y se ha ahogado.

No me cogió de sorpresa, ya lo vi en la madrugada, aunque no quise verlo. Y supe también en ese mismo momento que era eso precisamente lo que esperaban las gemelas, vengarse del hermano que un día las abandonó a su suerte. Y supe, igualmente, con toda certeza, que ya nunca más volvería a verlas ni a oírlas en el interior del pozo. Y una especie de pena nostálgica se apoderó de mi inocente alma infantil.

Aún hoy, a mis cincuenta años, aquí en la ciudad donde vivo, lejos   del pueblo, recuerdo con cierta ternura las noches de luna llena de mi infancia hablando con las hermanas gemelas que, durante unos meses, habitaron aquel pozo que no era un pozo corriente.

 

                                                          

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 11 de julio de 2021

Soy un robot

                                                       



Llegué a su blog por casualidad una madrugada en que me sentía tan solo que necesitaba el calor, aunque fuera virtual, de un alma sensible que me hiciera compañía.


Su última entrada hablaba de nubes y de sueños, de vuelos e ilusiones y me atrapó. Era un poema de versos libres como el viento, un poema luminoso que me animó al instante a dejarle un comentario acorde con su belleza..Y me esforcé para que así fuera. Le decía que volar es algo que deberíamos hacer a menudo para no echar demasiadas raíces en  la tierra. Que soñar debería estar recomendado por el médico de cabecera para escapar de la dura realidad cotidiana, esa que mina poco a poco nuestra salud. Y que amar intensamente debería ser el objetivo, la única meta importante para todos en la vida.

 

Al terminar lo leí y, totalmente satisfecho de lo que había escrito, pulsé con la flechita del ratón las palabras mágicas "publicar comentario".Pero, ¡oh, sorpresa!.Me salió un cartelito con letras negras y números debajo del cual decía: "Demuestra que no eres un robot".


Y me esforcé de nuevo, dios sabe que me esforcé por interpretar y copiar ese galimatías de letras y números. Pero no sé si fue por el cansancio o porque a esas altas horas de la noche me falla la vista más que de costumbre, el caso es que tras varios intentos no conseguí transcribir lo que allí aparecía y eso que a cada intento se cambiaban las letras y los números. Así que, con un gran pesar, abandoné la tarea mandando así mi inspirado comentario a dormir el sueño de los justos al limbo virtual. Y esa noche me fui a la cama convencido de dos cosas: de que la autora del blog no deseaba recibir comentarios, de ahí la activación de la odiosa prueba y de que yo, al no conseguir superarla, me había convertido automáticamente en un robot. Me fui a la cama deprimido pero con la esperanza de que por la mañana todas estas preocupaciones habrían desaparecido.
                           


Sin embargo, no fue así. Me levanté con  dolor de cabeza y no paraba de darle vueltas a lo ocurrido la noche anterior.

Salí a la calle a buscar consuelo y un amigo filósofo me dijo que no me preocupara demasiado, que en el fondo todos somos robots, aunque superemos ciertas pruebas. Que todos nos movemos en la misma dirección y que, aquel que no lo hace, ya nos encargamos nosotros de que dé la vuelta y nos siga. Que todos seguimos a nuestros líderes políticos aunque estos nos maltraten. Que todos seguimos a nuestros líderes espirituales, aunque estos nos engañen. Que todos nos ponemos en fila india a diario, como obedientes corderitos, para todo: para sacar dinero del banco, para cobrar el paro, para salir de la ciudad cuando nos vamos de vacaciones, para entrar al regreso de las mismas, incluso para dar nuestro voto generoso a quienes luego van a pisotear nuestros derechos...para todo. Y que jamás protestamos porque en nuestras naturalezas de robots habita el conformismo y nos han programado para aceptar todo lo que viene de arriba, de quienes mandan.


 Ahora resulta que no era yo solo el robot, sino que vivía en un mundo robotizado. Pero ese hecho no me tranquilizó, al contrario, tras las palabras de mi amigo, me entró el pánico y caí en una profunda depresión de la que a día de hoy no me he recuperado aún. Deambulo por las calles con los brazos caídos y la mirada perdida, fija en un punto indefinido del horizonte, como un auténtico robot. Mientras, me cruzo con los otros robots que con los mismos gestos que yo caminan a sus quehaceres impuestos por los que manejan nuestras almas de robots y esperando a que algún día sus corazones humanos se enternezcan y nos salven de esta vida tan automatizada y tan injusta.


Por cierto, si llegáis a un blog y os encontráis con esos tétricos cartelitos, no hagáis mucho caso si no sois capaces de resolverlos. En el fondo solo son códigos inventadas por los humanos para hacernos creer que nosotros también lo somos. Pero creedme, yo bien lo sé, los resolváis o no, todos seguiremos siendo unos simples y vulgares robots perfectamente programados para obedecer y sufrir en silencio.



                                                                           

 

jueves, 13 de diciembre de 2018

La hermana Inocencia

                 

                                   
La hermana Inocencia es andaluza, de Cádiz, pero por circunstancias de la vida, vive y trabaja en un pueblo de la provincia de Cáceres impartiendo clases de Religión en el Colegio Público de la localidad. Como buena gaditana, es de carácter alegre y disfruta con la música y el cante, pero es muy estricta en su trato con los niños. Piensa que los niños de ahora están demasiado "sueltos" y hay que volver a "domesticarlos" llevándolos por la senda del Señor.

Su sueldo, como profesora de Religión, es escaso. En parte por esa razón y en parte porque es de por sí bastante tacaña, vive de forma modesta, sin caprichos, en una casita propiedad del obispado y anexa a la iglesia, por la que paga al mes un alquiler simbólico. Le gustaría viajar y ver mundo, algo que no se puede permitir y todo su entretenimiento consiste en tomarse un cafetito de vez en cuando, pero sólo si la invitan.

Una tarde de final de curso, cuando más tarea tenía, llaman a su puerta. Abre y se encuentra con un hombre de aspecto sucio y desaliñado:

-Buenas tardes, hermana. ¿podría darle una limosna a este siervo de Dios que lleva dos días sin comer?

-Pues mire usted, hermano, dinero no puedo darle porque soy muy pobre pero si quiere comida ahora mismo le traigo...

-Gracias hermana, pero lo que yo necesito es un poco de dinero, unas moneditas  para mis gastos personales.

-Cuanto lo siento hermano, pero mi sueldo es escaso y no puedo darle nada. La vida está muy cara.

-Vamos hermana, sólo unas moneditas...

La hermana Inocencia empezaba a estar ya algo cansada  de aquel mendigo que sólo sabía pedir y comenzó a alterarse su ánimo, algo que solamente le ocurría en clase.

-Mire usted, buen hombre, si quiere un trozo de pan y unas croquetas que tengo en el frigorífico, se las doy ahora  mismo. Pero de dinero, ni hablar, no puedo darle...¿quiere el pan y las croquetas?

-Vale hermana, si no hay otra cosa, venga ese pan.

La hermana entra y vuelve con media barra de pan del día anterior y un taper con cuatro croquetas que le sobraron de la cena.
El mendigo las coge pero antes de irse insiste de nuevo:

-Gracias hermana, pero...¿de veras no puede usted darme ni unas moneditas?

Bastante acalorada ya:

-Mire usted buen hombre, ya le he dicho que no, así que haga el favor de marcharse. Coja la bicicleta y váyase que ya tiene para la cena de esta noche...

El mendigo, al oír la palabra bicicleta y ver el brazo de la hermana extendido señalando, giró la cabeza y vio apoyada en la verja de la iglesia una bicicleta totalmente nueva. Sin pensárselo dos veces, dio las gracias de nuevo y como un rayo se fue para la bicicleta, se montó en ella y salió de allí como alma que lleva el diablo.
La hermana respiró  por fin tranquila aunque se extrañó de las prisas con que se había marchado el mendigo.
Cerró la puerta y volvió con sus tareas de final de curso.


No habían pasado ni quince minutos cuando volvió a oír el timbre. Se levantó resignada y fue a abrir temiendo que volviera de nuevo el mendigo. Pero no, era una chica joven y bastante apurada:

-Hermana, perdone que la moleste pero, ¿por casualidad no ha visto usted una bicicleta que dejé aquí apoyada en la verja? Me la regaló ayer mi padre, por mi cumpleaños...

-¡Aaaahhhhh! ¿Una bicicleta dices?

-Sí, hermana. La dejé aquí junto a la verja, sin seguro ni nada porque en el pueblo nunca desaparece nada. Yo es que he estado dando catequesis a los pequeños en la iglesia y...

-¡Aaaahhhh! ¿Pero era tuya la bicicleta?

-Sí hermana, era mía...¿la ha visto?

-Ay hija, cuanto lo siento. Me vas a perdonar pero vino un mendigo muy pesado y pensé que era suya y le dije que la cogiera y se fuera...y se la llevó.

-¡Noooo...! ¿Pero cómo ha hecho usted semejante cosa?

-Ah, hija. ¿Cómo iba yo a saber que la bicicleta era tuya?

Cuando la chica llegó a su casa y se lo contó a su padre, un hombre con  muy malas pulgas, ateo de nacimiento y enemigo acérrimo de curas y monjas, se fue como un cohete al cuartelillo de la guardia civil a denunciar a la hermana.

Al día siguiente, la hermana Inocencia fue llamada a declarar y en su defensa dijo:

-Mire usted, soy inocente. Pensé que la bicicleta era del mendigo. El pobre estaba tan desmejorado, tan desnutrido, que no me lo imaginaba yendo a pie por esas carreteras, de pueblo en pueblo.

Tras un juicio rápido, la hermana fue condenada a pagar los 600 euros que costó la bicicleta con la condición de que si esta aparecía en buen estado, se los devolverían.

Y la hermana Inocencia salió del juzgado de guardia totalmente arrepentida de no haberle dado al mendigo al menos un par de euros. Se hubiera marchado en seguida y no la habría alterado como la alteró con su insistencia.

Por supuesto, la bicicleta no apareció jamás y la hermana Inocencia tuvo que aguantar, además de una vida más sacrificada que antes por la pérdida de los 600 euros, la burla de sus compañeros y hasta de los alumnos. Todos coincidían en que nunca un nombre estuvo mejor puesto que el de esta hermana de origen andaluz.