domingo, 11 de julio de 2021

Soy un robot

                                                       



Llegué a su blog por casualidad una madrugada en que me sentía tan solo que necesitaba el calor, aunque fuera virtual, de un alma sensible que me hiciera compañía.


Su última entrada hablaba de nubes y de sueños, de vuelos e ilusiones y me atrapó. Era un poema de versos libres como el viento, un poema luminoso que me animó al instante a dejarle un comentario acorde con su belleza..Y me esforcé para que así fuera. Le decía que volar es algo que deberíamos hacer a menudo para no echar demasiadas raíces en  la tierra. Que soñar debería estar recomendado por el médico de cabecera para escapar de la dura realidad cotidiana, esa que mina poco a poco nuestra salud. Y que amar intensamente debería ser el objetivo, la única meta importante para todos en la vida.

 

Al terminar lo leí y, totalmente satisfecho de lo que había escrito, pulsé con la flechita del ratón las palabras mágicas "publicar comentario".Pero, ¡oh, sorpresa!.Me salió un cartelito con letras negras y números debajo del cual decía: "Demuestra que no eres un robot".


Y me esforcé de nuevo, dios sabe que me esforcé por interpretar y copiar ese galimatías de letras y números. Pero no sé si fue por el cansancio o porque a esas altas horas de la noche me falla la vista más que de costumbre, el caso es que tras varios intentos no conseguí transcribir lo que allí aparecía y eso que a cada intento se cambiaban las letras y los números. Así que, con un gran pesar, abandoné la tarea mandando así mi inspirado comentario a dormir el sueño de los justos al limbo virtual. Y esa noche me fui a la cama convencido de dos cosas: de que la autora del blog no deseaba recibir comentarios, de ahí la activación de la odiosa prueba y de que yo, al no conseguir superarla, me había convertido automáticamente en un robot. Me fui a la cama deprimido pero con la esperanza de que por la mañana todas estas preocupaciones habrían desaparecido.
                           


Sin embargo, no fue así. Me levanté con  dolor de cabeza y no paraba de darle vueltas a lo ocurrido la noche anterior.

Salí a la calle a buscar consuelo y un amigo filósofo me dijo que no me preocupara demasiado, que en el fondo todos somos robots, aunque superemos ciertas pruebas. Que todos nos movemos en la misma dirección y que, aquel que no lo hace, ya nos encargamos nosotros de que dé la vuelta y nos siga. Que todos seguimos a nuestros líderes políticos aunque estos nos maltraten. Que todos seguimos a nuestros líderes espirituales, aunque estos nos engañen. Que todos nos ponemos en fila india a diario, como obedientes corderitos, para todo: para sacar dinero del banco, para cobrar el paro, para salir de la ciudad cuando nos vamos de vacaciones, para entrar al regreso de las mismas, incluso para dar nuestro voto generoso a quienes luego van a pisotear nuestros derechos...para todo. Y que jamás protestamos porque en nuestras naturalezas de robots habita el conformismo y nos han programado para aceptar todo lo que viene de arriba, de quienes mandan.


 Ahora resulta que no era yo solo el robot, sino que vivía en un mundo robotizado. Pero ese hecho no me tranquilizó, al contrario, tras las palabras de mi amigo, me entró el pánico y caí en una profunda depresión de la que a día de hoy no me he recuperado aún. Deambulo por las calles con los brazos caídos y la mirada perdida, fija en un punto indefinido del horizonte, como un auténtico robot. Mientras, me cruzo con los otros robots que con los mismos gestos que yo caminan a sus quehaceres impuestos por los que manejan nuestras almas de robots y esperando a que algún día sus corazones humanos se enternezcan y nos salven de esta vida tan automatizada y tan injusta.


Por cierto, si llegáis a un blog y os encontráis con esos tétricos cartelitos, no hagáis mucho caso si no sois capaces de resolverlos. En el fondo solo son códigos inventadas por los humanos para hacernos creer que nosotros también lo somos. Pero creedme, yo bien lo sé, los resolváis o no, todos seguiremos siendo unos simples y vulgares robots perfectamente programados para obedecer y sufrir en silencio.



                                                                           

 

jueves, 13 de diciembre de 2018

La hermana Inocencia

                 

                                   
La hermana Inocencia es andaluza, de Cádiz, pero por circunstancias de la vida, vive y trabaja en un pueblo de la provincia de Cáceres impartiendo clases de Religión en el Colegio Público de la localidad. Como buena gaditana, es de carácter alegre y disfruta con la música y el cante, pero es muy estricta en su trato con los niños. Piensa que los niños de ahora están demasiado "sueltos" y hay que volver a "domesticarlos" llevándolos por la senda del Señor.

Su sueldo, como profesora de Religión, es escaso. En parte por esa razón y en parte porque es de por sí bastante tacaña, vive de forma modesta, sin caprichos, en una casita propiedad del obispado y anexa a la iglesia, por la que paga al mes un alquiler simbólico. Le gustaría viajar y ver mundo, algo que no se puede permitir y todo su entretenimiento consiste en tomarse un cafetito de vez en cuando, pero sólo si la invitan.

Una tarde de final de curso, cuando más tarea tenía, llaman a su puerta. Abre y se encuentra con un hombre de aspecto sucio y desaliñado:

-Buenas tardes, hermana. ¿podría darle una limosna a este siervo de Dios que lleva dos días sin comer?

-Pues mire usted, hermano, dinero no puedo darle porque soy muy pobre pero si quiere comida ahora mismo le traigo...

-Gracias hermana, pero lo que yo necesito es un poco de dinero, unas moneditas  para mis gastos personales.

-Cuanto lo siento hermano, pero mi sueldo es escaso y no puedo darle nada. La vida está muy cara.

-Vamos hermana, sólo unas moneditas...

La hermana Inocencia empezaba a estar ya algo cansada  de aquel mendigo que sólo sabía pedir y comenzó a alterarse su ánimo, algo que solamente le ocurría en clase.

-Mire usted, buen hombre, si quiere un trozo de pan y unas croquetas que tengo en el frigorífico, se las doy ahora  mismo. Pero de dinero, ni hablar, no puedo darle...¿quiere el pan y las croquetas?

-Vale hermana, si no hay otra cosa, venga ese pan.

La hermana entra y vuelve con media barra de pan del día anterior y un taper con cuatro croquetas que le sobraron de la cena.
El mendigo las coge pero antes de irse insiste de nuevo:

-Gracias hermana, pero...¿de veras no puede usted darme ni unas moneditas?

Bastante acalorada ya:

-Mire usted buen hombre, ya le he dicho que no, así que haga el favor de marcharse. Coja la bicicleta y váyase que ya tiene para la cena de esta noche...

El mendigo, al oír la palabra bicicleta y ver el brazo de la hermana extendido señalando, giró la cabeza y vio apoyada en la verja de la iglesia una bicicleta totalmente nueva. Sin pensárselo dos veces, dio las gracias de nuevo y como un rayo se fue para la bicicleta, se montó en ella y salió de allí como alma que lleva el diablo.
La hermana respiró  por fin tranquila aunque se extrañó de las prisas con que se había marchado el mendigo.
Cerró la puerta y volvió con sus tareas de final de curso.


No habían pasado ni quince minutos cuando volvió a oír el timbre. Se levantó resignada y fue a abrir temiendo que volviera de nuevo el mendigo. Pero no, era una chica joven y bastante apurada:

-Hermana, perdone que la moleste pero, ¿por casualidad no ha visto usted una bicicleta que dejé aquí apoyada en la verja? Me la regaló ayer mi padre, por mi cumpleaños...

-¡Aaaahhhhh! ¿Una bicicleta dices?

-Sí, hermana. La dejé aquí junto a la verja, sin seguro ni nada porque en el pueblo nunca desaparece nada. Yo es que he estado dando catequesis a los pequeños en la iglesia y...

-¡Aaaahhhh! ¿Pero era tuya la bicicleta?

-Sí hermana, era mía...¿la ha visto?

-Ay hija, cuanto lo siento. Me vas a perdonar pero vino un mendigo muy pesado y pensé que era suya y le dije que la cogiera y se fuera...y se la llevó.

-¡Noooo...! ¿Pero cómo ha hecho usted semejante cosa?

-Ah, hija. ¿Cómo iba yo a saber que la bicicleta era tuya?

Cuando la chica llegó a su casa y se lo contó a su padre, un hombre con  muy malas pulgas, ateo de nacimiento y enemigo acérrimo de curas y monjas, se fue como un cohete al cuartelillo de la guardia civil a denunciar a la hermana.

Al día siguiente, la hermana Inocencia fue llamada a declarar y en su defensa dijo:

-Mire usted, soy inocente. Pensé que la bicicleta era del mendigo. El pobre estaba tan desmejorado, tan desnutrido, que no me lo imaginaba yendo a pie por esas carreteras, de pueblo en pueblo.

Tras un juicio rápido, la hermana fue condenada a pagar los 600 euros que costó la bicicleta con la condición de que si esta aparecía en buen estado, se los devolverían.

Y la hermana Inocencia salió del juzgado de guardia totalmente arrepentida de no haberle dado al mendigo al menos un par de euros. Se hubiera marchado en seguida y no la habría alterado como la alteró con su insistencia.

Por supuesto, la bicicleta no apareció jamás y la hermana Inocencia tuvo que aguantar, además de una vida más sacrificada que antes por la pérdida de los 600 euros, la burla de sus compañeros y hasta de los alumnos. Todos coincidían en que nunca un nombre estuvo mejor puesto que el de esta hermana de origen andaluz.



jueves, 13 de septiembre de 2018

Pétalos



La primavera estaba en todo su esplendor. Ese día se levantó temprano y, embriagado por la calidez y la luminosidad de la mañana, salió al patio y cortó diez rosas rojas del rosal más grande del jardín. Luego, hizo con ellas un ramo y corrió a ofrecérselas a su amada.Pero, cuando llegó hasta ella, las rosas habían perdido por el camino casi todos sus pétalos y tan sólo quedaban entre sus manos los tallos con espinas. Cuando ella vio el extraño ramo, se enfadó, montó en cólera y pataleó.
Él le dijo que no tenía culpa alguna de que las rosas fueran flores tan delicadas, que lo que importaba era la intención. Pero ella no le escuchó y le dijo que se marchara…para siempre.

A él no le quedó otra opción que recorrer el camino de vuelta hasta su casa. Y allá se fue con el ramo de tallos en la mano, caminando por el sendero de pétalos que las rosas se habían ido dejando en la ida.
Y, sin saber muy bien por qué, en ese preciso momento, mientras aspiraba  el delicioso aroma de los pétalos caídos, se sintió el hombre más feliz del mundo...


Ahora, al cabo de los años, cuando sale al jardín en primavera, corta una rosa roja, la huele intensamente y luego va arrancando uno por uno sus pétalos para lanzarlos al aire. Y a cada pétalo que corta lo acompaña con un susurro apenas perceptible donde  cualquier oído fino  podría oír con toda claridad la palabra gracias...